A la edad de 82 años, don Evaristo Salinas sabe que está desahuciado, y es entonces cuando decide morir. El hecho se constituye en noticia nacional. La cabeza y único dueño del más grande imperio económico del país muere, dejando un vacío de poder.
Solo, en su enorme mansión, desde hace más de cuarenta años no le permite a nadie que lo vea. Únicamente su vieja empleada, Felicia, Phillipe, su representante legal y la administradora general de sus empresas, Caridad, quien además es hija de Felicia, tienen acceso a él.
Los tres son los únicos que conocen sus rasgos, sus caprichos y su forma de vida. A su muerte, y por su expresa voluntad, son citados los siete familiares que le quedan vivos y que están dispersos por distintas ciudades del país y del mundo, a quienes no ha visto en más de cuarenta años o jamás, pero que son su única familia.
Así, los personajes se tienen que convivir bajo un mismo techo por espacio de un año y luchar por la herencia, teniendo como armas lo que cada uno representa. La historia se mueve dentro de los parámetros que ellos mismos imponen: el bien y el mal. Pero es también la historia de dos mujeres y un amor.